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Sara, la puta del instituto

Como cada mañana, llegué con casi una hora de adelanto. No es que me gustase mucho el instituto, pero si uno sabía buscarse la vida, sabía encontrarle aliciente. El mío apareció apenas cinco minutos después que yo: Ana. Entró por la puerta dejando sus libros y libretas en el pupitre que encontró más a mano, lanzándose a por mí. Nos abrazamos, nos dimos un largo beso y comenzó a frotarse contra mi cuerpo. A los dos nos excitaba mucho montárnoslo en clase, con el riesgo de que nos pillaran en pleno acto. Sus labios cálidos y tiernos se pegaron a los míos y su lengua lujuriosa me invitó a una pasión que yo jamás rechazaba. Me volvía loco solo de sentir su cuerpo ardiente de sexo apretándose contra el mío, pidiéndome que la pusiera berrionda como las putas y que la penetrase de todas las formas que se nos ocurrían.


Ana tenía 18 años(los mismos que yo) y el pelo negro azabache, con raya en medio y liso cubriéndole las orejas. Tenía la piel algo más blanca de lo normal y unos ojos preciosos de color verdemar que le daban un aire de misterio. Su cuerpo estaba lleno de curvas, sin demasiados excesos: piernas torneadas sin cartucheras, cintura menuda, caderas poco sobresalientes, un vientre liso y suave y unas tetas que no eran muy grandes, pero tampoco pequeñas. Tenían la medida justa para cogerlas en las manos y jugar con sus pezones rugosos de tacto embriagador. No éramos novios, apenas nos habíamos conocido al principio del curso, pero habíamos conectado a la primera y solíamos darnos algún gustazo de vez en cuando.


Mis manos traviesas la recorrían metiéndose bajo su falda, hurgándola un poco para apartar sus braguitas y acariciándola con fuerza en su ya mojada vulva. Me sentía como un violador y eso me calentaba más aún. Ella se dejaba hacer por mí aunque fingía intentar apartarme siguiendo con nuestro juego. No tardó en derretirse entre mis manos, sentí fascinado como ella se dejaba llevar por mí. Sus manos me bajaron la cremallera y curiosas se metieron dentro, palmeando mi amoratado miembro para comprobar lo duro que lo tenía, deleitándose y relamiéndose en cuanto vio lo cachondo que estaba. Me lo sacó fuera del pantalón y se lo metió en su boca de una sola vez llevada por la necesidad. Como mamaba la niña, menuda potencia succionadora, y es que Ana era una apasionada del sexo oral. Sabía como chupármela hasta dejarme como si me hubiera arrancado la vida en cada succión. Me la llevé a los baños, que estaban en frente de nuestra clase, y allí empecé a echarle un señor polvo. Primero la puse contra la pared con la falda por la cintura, y una vez apartada las inútiles braguitas la penetré, sintiendo como una corriente eléctrica que nos sacudió en el mismo en que ambos estuvimos tan íntimamente unidos. Mis bombeos eran deliciosos, Ana acompasaba cada una de mis penetraciones con su juego de caderas matador. Me clavó las uñas en la espalda haciéndome gemir de dolor e incitándome a violarla a base de bien. En pocos minutos gozamos como verdaderos dementes y ella chorreó de gusto por entre sus piernas hasta quedar exhausta e intentar gritar del orgasmo tan fuerte que tuvo(cosa que no hizo puse sellé su boca con la mía). Tras unos momentos de quietud nos volvimos a besarnos, mirándonos con una complicidad total.


Volvimos a clase y poco a poco los demás compañeros fueron llegando. Era ya una rutina echar un polvo pre-clase para quitar tensiones, y ese día en concreto nunca se me hubiera ocurrido que la cosa pasara de ahí. El resto de la mañana lo pasamos como dos alumnos corrientes tomando apuntes y haciendo ejercicios, aparte de aguantar a los pesados de los profes, a cada cual peor. Para rematar faena, esa mañana era Sara quien nos daba clase, y de inglés nada menos(lo peor de lo peor para todos). Para más INRI, Sara era nuestra tutora, lo que la hacía más pedante y mandona. Por suerte allí estaba Paula, "Superpaula", para amenizarla. Paula era la típica chica con carácter de chico rebelde y respondona que convertía cualquier clase en un desmadre. Tras una fuerte discusión entre ellas(debido a la incontenible verborrea de Paula con su compañera de pupitre) Sara la acabó haciendo quedarse después de clase para que le impusiera algún trabajo como castigo. Todos los compañeros nos reímos y salimos de allí. Tanto Ana como yo fuimos de los últimos que salimos. Ya estábamos charlando junto a la puerta del patio cuando mirando entre mis libros vi que se me habían olvidado coger mis libretas, entre ellas la de inglés, vital para un examen que tenía al día siguiente, de modo que le dije a Ana que me esperara y volví raudo a clase. Según llegué iba a abrir la puerta pero entonces escuché unos gemidos y observé que la puerta estaba entornada, con lo que se podía ver un poco que ocurría dentro. Con cuidado miré por la rendija y vi algo que aún hoy me azora en la mente de una forma insuperable.


Fundidas en un eterno y húmedo beso, Sara había bajado la cremallera de los vaqueros de Paula y le metía mano por dentro acariciándola entre sus piernas, sintiendo la fina línea de sus labios vaginales, mientras que Paula había desabrochado los botones de la falda-chaleco de Sara y de su camisa y masajeaba las enormes tetas de su profesora. Aquella escena me provocó la erección más rápida y dolorosa de toda mi vida. No podía creer lo que veían mis ojos. Paula y Sara, declaradas enemigas entre sí, eran amantes furtivas. Lo más morboso era que la profesora estaba casada porqué a su marido más de una vez lo había visto a la salida de clase esperando a su mujer, que siempre le recibía con un beso. Sin embargo, allí estaban las dos, enzarzadas en una lucha de lenguas mientras cada una tocaba a la otra, excitándose, explorándose sin tregua. Las dos tenían los ojos cerrados y se dejaban hacer por las caricias de la otra. Sus cabezas giraban en todas direcciones y sus lenguas se encontraban apasionadamente sellando una furtiva relación que me tenía en vilo. Mi polla crecía dentro de mis pantalones de tal modo que pensé que los iba a romper jajaja. Jamás me había empalmado de esa manera. Las manos de Paula seguían acariciando las tetas de Sara, y ésta hacia lo propio con los de Paula. Ambas se buscaban los pezones para pellizcarlos y sentir como sobresalían, usando los pulgares y los índices para retorcerlos y luego solo el pulgar para acariciarlo con mucha suavidad. La visión de aquellas cerezas de suave color nácar fue sublime. Se los dejaron como mármol a base de tanto toqueteo, y de paso dándome un espectáculo sin parangón. Seguí viendo como primero una y después otra las dos lesbianas probaron las tetas de la otra. Me acomodé junto a la puerta y me quedé en éxtasis contemplando aquella maravilla, escuchando lo bien que jadeaban. Paula se puso se espaldas a su amante, que lanzó sus dos manos a su entrepierna y la tocaba con fuerza mientras le besaba el cuello y alternaba sus pechos con su vulva. La cara de Paula dejándose tocar daba morbo solo de verla. En ese instante percibí algo por el rabillo del ojo y giré mi vista a la izquierda: Ana estaba acercándose a mí por el pasillo. Cansada de esperar y en lugar de irse había venido a comprobar porqué me retrasaba tanto.


Por miedo a ser descubierto me levanté con cuidado y fui hasta ella haciendo una mueca de silencio con el dedo en mis labios. Ana quedó estupefacta ante la erección que sobresalía de mis pantalones. Me tocó un poco y viendo mi cara me preguntó en voz baja que cual era el motivo de tanta excitación. Sonreí con malicia, hice un gesto para que guardara silencio, la tomé de la mano y la llevé hasta la puerta de clase. Ana quedó tan boquiabierta como yo al ver como Paula y Sara estaban besándose de nuevo, con los pantalones de Paula ya a la altura de los tobillos. La mano derecha de Ana buscó mi amoratado miembro para comprobar otra vez mi estado de excitación y al encontrarlo me lo sacó fuera. Con mucho mimo rodeó mi polla con la mano sintiendo mi dureza y empezó a pajearme. Al mirarla, ella me guiñó un ojo y entonces mandé mi mano izquierda por su espalda introduciéndola debajo de su falda, apartando sus braguitas y acariciándola en su coñito con mis dedos índice y corazón, devolviéndole el favor que me estaba haciendo. Tanto ella como yo jamás habíamos hecho algo parecido y no tardamos en perdernos en silenciosas caricias y frotamientos varios. Nuestras lesbianas favoritas estaban dándose una potente exploración de vulva e incluso podíamos oír sus jadeos de placer, por lo que sabíamos que estaban mojándose de lo lindo.


Paula desabrochó por completo el vestido de Sara, lo deslizó por los hombros y cayó al suelo dejándola totalmente desnuda. Ana me miró con una sonrisa complacida y arqueó las cejas divertidas con gesto divertido. No era ningún secreto que el cuerpo de Sara era mi oscuro objeto de deseo y que muchas veces yo soñaba despierto que me follaba su cuerpazo de putona. Correspondí con un pequeño bufido y un asentimiento con la cabeza para expresar la euforia del momento. Por fin podía contemplar a Sara en todo su esplendor. Virgen santa, que cuerpo tenía la cerda de ella: una sedosa melena rubia que siempre recogía en moño(y que ahora por fin podía verla suelta), unos ojos azules pícaros, maliciosos, una cintura de avispa, un vientre bien torneado, plano, unas tetazas de infarto que se sostenían sin falta de sujetador, unas piernas esculpidas a golpe de gimnasio, un culo respingón y apetecible, una buena mata rubia en su pubis y un coño dilatado de finas formas cuyo olor por el revolcón que se estaba dando con su alumna llegaba a mis fosas nasales(o eso me parecía a mí). Aquello desataba mis instintos más animales y verdaderamente tuve que contenerme para no irrumpir de un portazo, noquear a Paula de un golpe y violar a Sara hasta el día del juicio final. Ansiaba perforarla como una taladradora puesta en automático y a toda velocidad, pero debía conformarme con las caricias que Ana me propiciaba. Amorosamente tocaba mi glande con el pulgar mientras iba arriba y abajo, masturbándome como una verdadera experta, y mi mano en su coño ya estaba empapándose de tanta lubricación que ella estaba teniendo.


Tras contemplarla desnuda y besar todo su cuerpo Paula se arrodilló frente a su profesora, se acercó un poco y pegó la boca a su vulva, penetrándola con la lengua como una posesa a la vez que Sara hacía esfuerzos para mantenerse firme y de pie. Paula se metió un dedo en su cuca mientras seguía usando la lengua para penetrarla, bebiéndose los jugos que manaban de la madurita rubiales como un riachuelo. Movió la cabeza con rapidez para lamerla con toda prisa sintiendo la dureza de su clítoris y el sabor de sus jugos que me supuse debían saber a gloria celestial. Se me hacía la boca agua viendo todo aquello. Ana y yo estábamos descubriendo el placer del voyeurismo, y tenía la sensación de que ésta no sería la única vez que haríamos algo parecido. El cuerpo de Ana comenzó a temblar por el placer que recibía de mi mano y ella cerraba los ojos para disfrutar de mis caricias. Lo mismo se podía decir de mí, con mi miembro apresado por su mano y que era meneado al mismo tiempo, buscando un ritmo común para nuestros toqueteos.


Si hubiera sabido que por olvidarme las libretas me lo iba a pasar tan bien me las hubiera olvidado mucho antes. Tras un sinfín de gemidos de puro goce sexual Sara hizo que Paula se sentara sobre su amplia mesa de profe, la desnudó del todo y admiró el cuerpo de su juvenil amante: pelo negro brillante liso hasta el cuello, ojos castaños de expresión dura, unos pechos bien formados con los pezones rosaditos, enhiestos, una cintura bien proporcionada a su cuerpo, unas piernas bastante firmes, un vientre algo abultado, blandito, y una negra selva amazónica cubriendo su coño de aspecto rosado y húmedo. Tras relamerse un par de veces Sara se puso de rodillas con el culo en pompa haciendo que Paula se abriera casi 180 grados y comenzó a follarla con la lengua. Paula se echó un poco hacia atrás gimiendo y retorciéndose de lado a lado con las lametadas que su amante le propinaba. Al tiempo que su lengua la mojaba dos dedos entraban y salían hasta que tras mojarlos bien se los dio a probar a Paula, que se sonrió al probar sus propios jugos. Sara, con la mano libre, se tocaba las tetas y el coño para excitarse aún más, sorprendiéndonos al ver como después se daba cachetes en su culo y se tocaba un poco el ano. Ana y yo casi podíamos ver unos finos hilillos de jugos deslizándose entre las piernas de nuestra profesora, que tenía su culo pidiéndome a gritos que se lo destrozara sin compasión.


Era la situación más erótica de toda nuestra vida: Ana y yo masturbándonos el uno al otro en silencio mientras espiábamos en secreto a nuestra profesora entregándose a su amante. Finalmente se subieron a la mesa poniéndose de lado, con lo que las veíamos de perfil, y comenzaron a hacerse un 69 lésbico en lo que se adivinaba como el goce final de sus aventuras. Mi polla ya estaba a punto de gozar y Ana, que lo adivinó en la tensión de mi rostro, se inclinó un poco para pajearme más fuerte hasta que me corrí. Me tapó la boca con la mano y se tragó toda mi leche retenida desde el principio del show porno que estaba presenciando. Lo más difícil era contener los gritos pero por fortuna lo conseguí. Cuando me recuperé del orgasmo que tuve aceleré mi mano en el coño de Ana y con mi otra mano iba de pezón en pezón. No tardó mucho en correrse entre gritos silenciados por mi boca y temblores a causa de su orgasmo. Tras ese goce coronado por un buen beso de tornillo nos quedamos viendo como alumna y maestra acababan gritando de goce cuando ambas alcanzaron al unísono su anhelado orgasmo. Sara se dio la vuelta para abrazarse a Paula, besándose varias veces y dándose algunas caricias de arriba a abajo mientras se dejaban llevar por el momento.


Cuando comenzaron a vestirse entre risillas de complicidad nosotros nos ocultamos en los lavabos para no ser vistos. Se fueron abrazadas y besándose mientras nosotros estuvimos repasando en nuestra mente lo ocurrido, volviendo a ser presas de nuestros deseos. Mi falo volvió a empinarse casi con la misma dureza y rapidez que antes, y Ana se abrió de par en par para recibir toda mi tranca, forcejeando cuando ésta la penetró debido al dolor de lo grande que se me había puesto. La afiancé con mis manos en su culo sosteniéndola en el aire, adoptando una posición óptima para que recibiera todas mis embestidas. Aunque me encontraba muy salido procuré calmarme para alargar el polvo con Ana, pues no quería correrme yo solo y tenerla a ella un simple kleenex(o sea: usar y tirar). Ayudado por sus gemidos el ambiente sexual mejoró y los niveles subían por segundos. Ella me ayudaba como podía con los ojos furiosos de sexo diciéndome "fóllame o te mato", y me la follé hasta dejarla como ella quería, gozada y con la respiración cansada, forzosa. Nos quedamos inmóviles un rato largo recuperando el aliento, y después de eso, sin sacársela, se lo hice otra vez con ella derrengada. Parecía como una muñeca en mis manos. Debido a que la escena de ver a Sara y Paula juntas por primera besándose y metiéndose mano cruzó mi mente(desde ese día aquella escena bastaba para despertar al animal sexual que llevaba dentro adormecido) me puse erecto enseguida y necesitaba otro asalto cuanto antes. Lo cierto es que me costó un poco terminar ese tercer polvo, pero no paré hasta conseguirlo. A veces iba rápido, a veces lento, a veces profundo y a veces me quedaba en la superficie, hacía lo que fuera con tal de no parar de tirarme a mi ardiente Ana, así hasta ese necesitado orgasmo.


Me separé de ella al borde de la extenuación y entre sonrisas y besos me dio las gracias por hacerla llegar a un placer sexual que jamás había alcanzado antes(ni yo tampoco). Con las escasas fuerzas que me quedaban y las que reuní al cabo de media hora, me aventuré a probar su culo, que hasta la fecha no se me había ocurrido disfrutar, y aunque al principió se resistió debido a que era virgen por ahí, luego la convencí. Para evitar dolores primero aventuré un dedo, y viendo que le gustaba lo metí un poco más a fondo. Al comprobar como disfrutaba cambié el dedo por la lengua, haciéndole a ella mi primer beso negro, que resultó ser de lo mejor. Estimular aquella parte tan secreta de su cuerpo me encantó, y ella estaba como en trance, era una gozada verla así. De sopetón dejé de lamer y apunté mi polla a su orto, penetrándola lenta pero inexorablemente hasta que la tuve bien metida en su precioso culo. Para cuando estaba bombeándola Ana solo me pedía que se la metiera hasta el fondo como una descosida. Sus gemidos de dolor primero y de placer después colmaron un momento único. Largo tiempo estuve hasta poder gozar y apenas eyaculé esas dos últimas veces pero tuve la sensación de que entre pajas y polvos había conseguido vaciarme los huevos. Todo un éxtasis.


Desde entonces Ana y yo seguíamos atentamente los movimientos de nuestra tutora y de Paula y cada vez que sabíamos que iban a follarse nosotros estábamos allí para mirarlas y disfrutar no solo viéndolo sino masturbándonos entre nosotros o bien follando si estábamos a suficiente distancia de ellas. Nos convertimos en unos verdaderos mirones y fuera de clase, los fines de semana, también lo hacíamos con las parejas que veíamos en las discotecas o en los parques aunque nada nos hacía gozar más que Sara y Paula, follándose en clase cuando quedaban a solas. Cualquier ocasión nos valía para ejercer nuestra nueva afición, y aprendimos rápidamente como y donde escondernos para tener la mejor vista posible. Gracias a eso Ana y yo aprendimos un montón de posturas y maniobras, más que si hubiésemos leído el Kamasutra o el Tao Del Amor y El Sexo, y aunque espiar a cualquiera nos excitaba, mi obsesión particular era Sara, de quien descubrí que se follaba a medio instituto, y no solo alumnado si no también a sus compañeros profesores. En una ocasión incluso pude pillarla montándose una orgía con los profes de naturales, sociedad e historia y la profe de literatura. No hace falta decir que el resto del día lo pasé matándome a pajas. No podía parar de recordar como la putona de mi tutora probaba las delicias de la doble penetración, en todas sus variantes, o como le dejaban la cara llena de leche cuando los tres se corrieron. Cuando pude decírselo a Ana ésta alucinó y no pudo creerme hasta que, casi tres semanas después, volvimos a pillarla haciendo lo mismo. Aquella fue sin duda nuestra mejor época, un mundo de sexo sin tabúes ni barreras.


Pero ese mundo se vino abajo a principios de Junio. Ana y yo cometimos la imprudencia de quedarnos junto a la puerta de clase tras follar viendo a Sara y Paula, al salir éstas nos pillaron in fraganti. Los cuatro nos quedamos sin palabras, en un silencio sepulcral. El reproche de la mirada de Sara nos fulminó a ambos, que agachamos la cabeza acobardados. Nos preguntó que cuanto tiempo hacía que lo sabíamos, a lo que contestamos que varios meses. Susurró algo a Paula y cogiéndonos de los tobillos nos arrastraron dentro de clase. Paula hizo de Ana su juguete sexual, la manejaba a su antojo. Primero la desvistió de tal modo que pensé que dejaría su ropa en jirones. Luego empezó a tocarla y besarla. Ana no oponía resistencia, si no que aceptaba su papel de sumisa. Fue sobada de los pies a la cabeza y su cuerpo violentado. Paula la golpeaba levemente, la cacheteaba en las piernas, el culo, las tetas, la cara, la insultaba llamándola guarra y un montón de cosas más, la dominó como jamás vi. Tras los golpes llegaron las órdenes. Vi como la obligó a comerse el coño de su inesperada dominadora, usando la lengua para penetrarla y los dedos para tocarle las tetas. Paula se relamía al ver el poder que tenía sobre mi compañera de juegos, y realmente yo también aluciné. Ana me estaba mostrando una faceta suya que jamás habría conocido antes si no nos hubieran pillado. De golpe Paula la hizo parar, y fue ésta quien volvió a tomar el control de ella, yendo al ataque para forzarla a su entero capricho. Antes de darse cuenta Ana tenía tres dedos metidos en su vulva y otros tres en su dilatado ano. Paula la hizo llevar las manos a la pared para aguantar la brutal embestida y la penetró con todas sus fuerzas hasta que acabó dejándola tumbada en la mesa con cara compungida pero satisfecha. Era evidente que a pesar de lo humillante que era, Ana había disfrutado.


En cuanto a mí, Sara se apoderó de mi cuerpo, me tumbó sobre un pupitre y me desnudó con una urgencia atroz. La ropa prácticamente volaba por la clase. En cuanto me tuvo en pelotas fue directa al grano: me cogió la verga con sus manos y me la apretó para hacerme gemir y también para hacerme saber quien mandaba. Me quedé muy quieto para decirle que lo había entendido, tras lo cual inició una paja a lo bestia para ponérmela dura. Me dolía pero me gustaba. Sus manos eran expertas tocando a los hombres, enseguida me tuvo duro todo para ella. Sin dejar pasar el tiempo llevó su boca a mi glande y chupó de él hasta que rechiné entre dientes. Las sensaciones eran atroces. Sus chupeteos y juegos eran enloquecedores, menuda profesional era, parecía una verdadera puta, una loca de la verga. Engulló mi polla de un tirón y su cabeza iba como un ascensor a cámara rápida subiendo y bajando. Me la mamó a base de bien la zorrona de ella, me la dejó brillante, a punto de nieve.


En este preciso instante se me subió encima y se sentó en mi cara para que la lamiera, a la vez que siguió mamándome un poco sin querer que yo me corriese. Se notaba su intención de hacer que yo aguantase el máximo tiempo posible. Me insultó de un millón de maneras, incluso me amenazó con suspenderme si no daba la talla, así que me apliqué para comérmelo todo, y la pillé por sorpresa metiéndole dos dedos por el culo. Estuvimos haciendo el 69 hasta que se giró sobre mí, sentándose sobre mis caderas y clavándose mi polla de una soberbia estocada. Me cabalgaba como una verdadera zorra. Puso su mano en la base de mi polla para no dejarla escapar y su cuerpo iba arriba y abajo incontrolablemente. La visión de aquellas tetas rebotando de aquí para allá fue arrebatador, así que se las estrujé como quise hasta oírla gemir de dolor. Y mientras tanto no paraba de empalarse con mi manubrio, se clavaba él como una desesperada. Sus músculos vaginales me apretaron la polla como nunca había sentido y me vine en poco tiempo. Antes de correrme entro suyo se salió y se lo tragó todo sin dejar ni gota con una impagable mueca de placer. Pensé que aquello ya había terminado, pero que va. La muy puta tenía un aguante que ni de lejos me hubiera imaginado y estaba obsesionada con sacarme la leche, algo que tras los dos primeros polvos se hacía todo un desafío. La única vez que me corrí en ella fue cuando la culeé, el resto de veces se lo bebía como la glotona que era. Me exprimió hasta la saciedad, y si bien cumplí mi fantasía de tirármela jamás pensé que ocurriera de ese modo ni que me dejase tan exhausto. Ana quedó igual cuando tras dejarme a mí sobre la mesa Sara fue con Paula y ambas se la follaron, aunque más bien parecía que la violaban. Complacidas se fueron dejándonos allí incapaces de levantarnos hasta pasado algún tiempo. Jamás habíamos recibido un castigo semejante a nuestros cuerpos. Cuando pudimos levantarnos e irnos lo hicimos apoyados uno en el otro. Me parecía increíble el agotamiento que podía llegar a padecer una persona.


Aquella maratón sexual jamás volvió a repetirse y lo cierto es que Sara y Paula desde aquel momento eran más reservas y precavidas. Nunca volvimos a verlas juntas, lo que fue una decepción para Ana y para mí, pues nos quedamos sin nuestro gran placer. Sin embargo nos quedó el recuerdo de meses y meses viéndolas gozar como salvajes mientras nosotros hacíamos lo propio. A ambos se nos abrió un mundo nuevo que después de acabar el curso exploramos en todo su potencial. Pasábamos noches enteras buscando parejas a las que observar devorándose entre ellas. Cuando acabé el instituto Sara vino a verme y me dio su teléfono, ordenándome que a nadie se lo dijera, ni siquiera a Ana. Estaba visto que nunca podría escapar de sus garras. A tal punto llegó su dominio sobre mí que dejé mis intenciones de ser abogado para convertirme en profesor. Ahora doy clase donde antes estudiaba, y Sara me sigue usando cuando le viene en gana, cosa que me encanta. Así es Sara, la puta del instituto...
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